Haby
Perales
Lecciones trascendidas
El desafío de reconstruirse lejos de casa
Lecciones trascendidas.
El desafío de reconstruirse lejos de casa es un viaje de transformación personal que nace de experiencias reales de pérdida, dolor, dependencia emocional y redescubrimiento. Es la historia de una mujer que aprendió a elegirse a sí misma, a reconstruirse y a transformar el dolor en crecimiento. A través de sus vivencias y los aprendizajes compartidos con mujeres que han enfrentado desafíos similares, Haby Perales revela las lecciones que la llevaron a reconstruir su vida desde el amor propio, la resiliencia y la coherencia consigo misma.
© 2021
© 2021
Haby Perales
“La verdadera transformación comienza cuando una mujer decide elegirse a sí misma. Lecciones trascendidas. El desafío de reconstruirse lejos de casa es el reflejo de ese viaje y una invitación a recordar que siempre es posible volver a empezar”.
Haby Perales es una mujer que aprendió a transformar sus heridas en lecciones y sus lecciones en propósito. Nutrióloga y life coach, actualmente cursa la maestría en Salud Mental Clínica en Chicago. Durante más de quince años ha acompañado a mujeres en procesos de transformación física, emocional y personal. Su propia historia de resiliencia, crecimiento y reconstrucción después de experiencias difíciles la inspiró a Lecciones trascendidas. El desafío de reconstruirse lejos de casa, obra en la que comparte reflexiones, aprendizajes y herramientas nacidas de la experiencia con el propósito de inspirar a otras personas a rescatarse, sanar y construir una vida más auténtica, plena y alineada con sus sueños.
Contáctame
Escríbeme
Sígueme en redes
Lecciones trascendidas
Lecciones trascendidas.
El desafío de reconstruirse lejos de casa es un viaje de transformación personal que nace de experiencias reales de pérdida, dolor, dependencia emocional y redescubrimiento. Es la historia de una mujer que aprendió a elegirse a sí misma, a reconstruirse y a transformar el dolor en crecimiento. A través de sus vivencias y los aprendizajes compartidos con mujeres que han enfrentado desafíos similares, Haby Perales revela las lecciones que la llevaron a reconstruir su vida desde el amor propio, la resiliencia y la coherencia consigo misma. Este libro ofrece reflexiones profundas y herramientas prácticas para quienes desean salir de relaciones que las limitan y sanar sus heridas emocionales para convertirse en la versión más fuerte, libre y auténtica de sí mismas. La verdadera victoria no es cambiar a otros, sino rescatarse a una misma.
Lecciones trascendidas
Capítulo 1
1. El día que mi cuerpo gritó: la intuición también es medicina
Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. Este es uno de ellos. Para ser exacta, todo inició el domingo 15 de diciembre de 2024 con un profundo dolor de cabeza. Era ese tipo de dolor que se presenta primero lentamente —punzante pero tolerable— y que, con el paso de los días, va aumentando como una ola (al principio la ves venir pequeña, pero cuando está más cerca, la sientes inmensa); el tipo de dolor que no se va ni con medicamentos. Tomé un analgésico ligero y me acosté a dormir.
Al día siguiente, lunes, el dolor seguía; aun así, logré continuar con mi día. Ingerí más analgésicos para controlarlo y realizar las múltiples actividades que ya tenía previamente agendadas. Ese día estaba destinado a hacer las compras navideñas, así que me encaminé a comprar los regalos para mi familia. Quien me conoce sabe que amo todo el proceso de dar regalos: desde la compra hasta la envoltura final. Simplemente es una de esas cosas que me emocionan e inspiran. Me encanta imaginar lo que ese regalo va a provocar en la persona que lo reciba; le pongo una intención de amor y atención y, por supuesto, la persona siente esa energía. Desde que era pequeña, los regalos me emocionan mucho; sé que es uno de los lenguajes universales del amor y es una de las maneras en las que demuestro el afecto. Te cuento esto porque todo el proceso que sigo cuando voy a regalar algo requiere de mucho tiempo y planeación. Cada Navidad dedico un mes, para ser específica, a la compra de regalos navideños para cuatro personas. Y como te podrás imaginar, con el dolor de cabeza que iba en aumento, ese lunes no tenía mente, energía ni ganas de hacerlo.
Llegó la tarde del lunes 16 de diciembre y la migraña ya era insoportable, si bien continué con la ingesta de analgésicos. Decidí llamar a una clínica cercana a mi casa para pedir una cita con el médico. Afortunadamente, encontré consulta telefónica (en este punto, puede que te preguntes: ¿Por qué buscar consulta para un dolor de cabeza si apenas iban dos días de incomodidad? Mucha gente esperaría a que el dolor cese solo, y más un dolor de cabeza, que es un síntoma común en mí y en muchos) y el médico me confirmó lo mismo que mi sentido común intuía: era posible que fuera un virus. Había muchos con distintas mutaciones rondando y, aunque la migraña era mi único síntoma, lo más probable era que proviniera de alguno de ellos. Así que emitió una orden médica ese mismo día para hacerme análisis de influenza y de COVID-19. El resultado fue negativo para ambas.
El martes el dolor continuaba, pero ahora más fuerte. Le di seguimiento con el médico; ya habíamos descartado los virus, así que continué con los analgésicos, y me explicó que tal vez era algún otro bicho. Asimismo, me aclaró que, si el dolor continuaba, acudiera a emergencias. Transcurrieron martes, miércoles, jueves y viernes, y el dolor no se iba. Me molestaba mucho la luz y sentía como si tuviera un casco pesado en la cabeza. Me di masajes, usé aceites esenciales para relajarme, pasé mucho tiempo acostada… pero nada lograba calmarlo. Había notado que, por ahí del miércoles, se habían presentado dos síntomas nuevos: uno era un dolor terrible de cuello, una rigidez extrema que me impedía voltear de lado a lado (supuse que podría ser parte del dolor de cabeza); el otro eran unas ampollitas diminutas que me aparecieron a un lado del ombligo: alrededor de unas cinco.
El sábado 21 de diciembre tomé la decisión de acudir a Urgencias Médicas, donde le expresé a la doctora mis síntomas: dolor extremo de cabeza, rigidez en el cuello y unas cinco ampollitas diminutas. No hizo cambios en los analgésicos, pero le puso atención a lo que menos pensé —me pareció bastante insignificante—: las ampollitas, de las que tomó una muestra para analizar. Recuerdo que enseguida le pregunté por qué, si eran tan pequeñas. Me respondió que posiblemente era un virus que presentaba estos tres síntomas, pero que no lo creía tan probable, ya que habitualmente solo se presentaba en adultos mayores. También me comentó que el resultado no podía entregármelo hasta varios días después, pero que me daría el antibiótico específico para ese virus, pues, aunque el resultado fuera negativo, no me afectaba en absoluto tomarlo durante algunos días. Ya para ese sábado tenía una semana con aquel dolor de cabeza in crescendo y que jamás había experimentado. No cedía ante nada: tomaba una dosis extrema de analgésicos, distintas combinaciones de ellos cada seis u ocho horas, y nada.
Transcurrieron todo ese sábado y el domingo, y para el lunes 23 de diciembre el dolor de cabeza era intolerable. Pensé en atacarlo por otro lado. Tenía el cuello tan rígido que agendé una cita con mi quiropráctico, pues la dolencia en dicha zona también era insoportable. Pensé: «Seguro es un virus combinado con algún problema en mis cervicales». Necesitaba una respuesta que tuviera sentido para mí. Recuerdo que, aunque tenía la sensación de que algo estaba sucediendo en mi interior, ¡no sabía a ciencia cierta qué era! Pero el corazón y el estómago me pesaban con esa sensación de cuando tienes un presentimiento y ya intuyes que no se trata de algo positivo.
En la cita con mi quiropráctico me sacaron un escáner de las cervicales: ahí fue evidente que el insufrible dolor de cuello se debía a que dos de las vértebras estaban fuera de posición, lo que provoca grandes dolores de cabeza, casi intolerables. Me hizo un ajuste de cuello y de columna vertebral, y entonces me recomendó dejar los analgésicos que tomaba, por lo que me recetó otros aún más fuertes. Para este punto, yo juraba que no tenía el virus que la doctora de cuidados de emergencia había pronosticado, pues el antibiótico que me había dado no hizo efecto alguno y tampoco mejoró los síntomas, aunque ya llevaba dos días tomándolo.
Al salir de la consulta, me fui directo a comprar lo que decía mi receta con la esperanza de sentirme un poco mejor; ya estaba muy desesperada. Una vez en la farmacia, tomé aquel superpoderoso analgésico que prometía curar mi dolor de cabeza. ¿Y qué crees? No se me quitó. Para este punto, mi intuición me hablaba ya muy claro: algo andaba mal. Después de la consulta y de pasar a la farmacia, llegué a casa a acostarme y empecé a rezar: «¡Dios mío, esto no es normal! ¿Qué me está pasando? Ayúdame, por favor. Ya es mucho tiempo con este horrible dolor de cabeza, me siento fatal».
Recuerdo que tenía muchos pendientes encima y ya llevaba postergándolos una semana. Además de que —ahora sí— Nochebuena y Navidad eran al día siguiente: me preocupaban mi hija y que sus regalos no estuvieran listos. Amo hacerlo especial para ella, y Navidad es una de las fechas que más me gustan. Ese mismo lunes 23 de diciembre me levanté con determinación de la cama y le dije a mi esposo: «Llévame al hospital». Jamás me había sentido tan mal como para pedirle a alguien cercano que me llevara a urgencias, porque realmente ya no podía más. Siempre he sido una persona extremadamente sana: nunca he estado internada por alguna enfermedad (solo cuando di a luz a mi hija, pero eso es distinto), nunca me he fracturado alguna parte de mi cuerpo y tampoco he tenido ningún accidente mayor, ¡gracias a Dios!
Después de exclamar esa frase: «¡Llévame al hospital!», y de aventarme un debate con el incrédulo de mi esposo —pues decía que me esperara, que ya se me pasaría, que solo descansara, que ya se acercaba Navidad y que seguramente el hospital iba a estar a reventar (ya que es muy común que durante esas fechas haya menos personal médico cubriendo turnos), y una serie más de argumentos para evitar ir al hospital—, terminé la conversación diciéndole: «O me llevas o voy». Él no lograba dimensionar la gravedad de mi malestar, que aquello no era una broma y que algo me estaba sucediendo.
Intuición y escucha corporal
Mi esposo y yo somos como el agua y el aceite —por supuesto, yo soy el agua y él es el aceite: mi intuición está muy desarrollada y él no cree en ella—: como político, se enfoca en hechos y no cree en lo que no puede ver, mientras que yo me guío mucho por los sentidos (al menos ahora). Por supuesto, no siempre fue así; me ha costado mucho desarrollar mi intuición, que está hecha de puro trabajo personal, de aprender a conectar conmigo, con mis sensaciones corporales y con mi cuerpo en todos los sentidos.
Aquí quiero hacer una pequeña pausa en mi historia para hablarte de la importancia de la intuición —esa conexión que tanto he trabajado para desarrollar—, pues hoy te puedo decir que, sin exagerar, me salvó la vida. Imagínate estar pasando por una situación que involucra tu cuerpo y en la que sabes —tienes la intuición— que algo no está bien (solo tú sabes lo que pasa dentro de él, como fue mi caso) y, por escuchar la opinión de alguien externo a ti, postergas la solución. Ya sea por no gastar dinero o simplemente por pensar que ese malestar pasará, o por escuchar las voces de los demás, que no saben qué pasa exactamente, puede que actúes cuando es demasiado tarde o cuando ya has sufrido un malestar innecesario. Yo sé que muchas veces escuchamos a los otros antes que a nosotros mismas, pero —aunque esa persona sea tu pareja, tu madre o alguien muy cercano a ti— nadie te puede conocer tanto como tú: nadie puede desarrollar esta intuición de la cual te hablo; solo tú.
La importancia de esa conexión contigo misma radica en aprender a detectar lo que sucede exactamente en tu interior, pues puede hacer la diferencia a la hora de enfermar o al momento de enfrentar una situación de vida o muerte. En muchos casos con mis propios pacientes, he visto el patrón de postergar, ya sea porque están al mil por hora trabajando o con actividades de la vida diaria, porque viven bajo un ritmo hipnótico de acelere constante o porque corren todo el tiempo hasta el punto de la famosa frase: «No tengo tiempo ni de enfermarme». ¿Puedes creer la ironía de que, al estar inmiscuidos en ese ritmo tan acelerado de vida, creamos precisamente lo opuesto: no vivir y generar enfermedad en respuesta al estrés que mantenemos y por la desconexión con nuestra propia intuición? Sé que, en muchos casos, no es que tú elijas este ritmo; casi siempre la vida te lleva por ciertos caminos en los que, de repente, te encuentras rodeada de responsabilidades y deberes que, sí o sí, necesitan ser atendidos, lo cual hace que sea casi imposible parar. El problema es que mantenemos el chip de aceleración encendido de manera constante, hasta en los momentos de ocio.
Fue justamente seguir mi intuición lo que me salvó la vida en aquel momento. Por eso ha sido uno de los eventos que me han confirmado que siempre es importante seguir tu propia intuición antes que la lógica de los demás.
Volviendo al 23 de diciembre, logré que mi esposo me llevara a Emergencias, y tuvimos que llevarnos a mi hija de siete años, pues no tenía en dónde dejarla. Hoy, cuando pienso y analizo el hecho de resistirme a ir al hospital, lo veo absurdo: claro está, un dolor intolerable de cabeza no es normal. Como siempre digo: el cuerpo es una máquina perfecta; el detalle es que abusamos tanto de él que lo dañamos al punto de enfermar y es entonces cuando empieza a fallar. Al llegar me preguntaron por mis síntomas; volví a mencionar los tres que se habían presentado hasta entonces: la migraña extrema, la rigidez en el cuello y unas ampollitas miniatura, casi insignificantes. De inmediato, me aislaron en un cuarto. ¡Me sentí especial!, pues había mucha gente en camillas en los pasillos. Tal y como mi esposo me había comentado, hacía falta personal médico: los doctores y enfermeras estaban al mil por hora; se percibía un caos semiorganizado.
Les expliqué el trayecto de mi semana con el dolor de cabeza: cómo fue aumentando gradualmente, todo el proceso de acudir a Urgencias Médicas, la cita con mi quiropráctico; en fin, todo lo sucedido. En el acto, me administraron aciclovir, el mismo antiviral que me habían recetado en Urgencias Médicas y que no me había hecho ni cosquillas. Pero, en esta ocasión, al ser suministrado por vía intravenosa, el resultado fue otro. Sentí como si hubiera estado corriendo un maratón durante una semana entera y al fin llegara a descansar: desde que me aplicaron el antiviral y una dosis más de analgésicos, simplemente mi cuerpo se desconectó de este mundo.
Recuerdo que dormí durante un par de horas. El tipo de sueño que presenté ese día era distinto al habitual: mi cuerpo se apagó para enfrentar el estrés emocional, es decir, un apagón del trauma; no un descanso reparador, sino una desconexión de emergencia. Al despertar, me empecé a poner ansiosa y a hacer preguntas: ¿Qué tengo? ¿Cuándo me podré ir a casa? Como siempre he sido una mujer muy analítica, necesitaba entender todos los factores. Una doctora vino a resolver mis dudas, pues acababa de comunicarse con su colega de Urgencias Médicas, donde ya tenían el resultado de las ampollitas. Di positivo a herpes zóster, una infección causada por la reactivación del virus de la varicela; afortunadamente, no se había esparcido a ninguna otra zona del cuerpo. Enseguida recordé que amigas cercanas lo habían padecido y se les había presentado en zonas muy sensibles —el cuello, el abdomen y el torso—, lo que hace que sea muy doloroso, pues tienen muchas terminaciones nerviosas. En mi caso, fueron solo las ampollitas insignificantes a un lado de mi ombligo.
Quiero hacer una pausa en esta historia para comentarte lo sorprendida que quedé con el sistema médico estadounidense cuando tienes un buen seguro médico (gracias a Dios, tengo ese beneficio). Todo está registrado por medio de un sistema de red en el que saben qué sucedió en tus consultas pasadas: la doctora de Emergencias se comunicó con Urgencias Médicas y pudo ver que el resultado de herpes zóster había dado positivo. Fue gracias a ese sistema que recibí la dosis correcta de antiviral que mi cuerpo necesitaba.
Aun con todo esto, el hecho de estar en un cuarto privado —que, aunque me permitía estar más cómoda y era algo especial— me asustaba. Es ahí donde la mente te juega una mala pasada, pues me empezaron a atacar pensamientos como: «¿Qué es lo que tengo para estar aislada en un cuarto?» o «¿Será esto algo muy grave?». De cereza del pastel, un día antes de Nochebuena. Además, como el cuarto privado tenía puertas muy grandes que se deslizaban, podía ver todo lo que pasaba afuera —cada paciente que llegaba pasaba por ahí—: vi a cada accidentado, a cada persona y cada situación extrema que ingresó ese día al hospital. Aunque tengo una mente fuerte, el ambiente se sentía pesado, tétrico.
Déjame decirte que estaba hospitalizada en el mejor centro médico de Chicago: para ser exacta, uno de los mejores del mundo entero. Te cuento esto para que imagines que, aunque las instalaciones eran de primer nivel, el hecho de experimentar dolor, angustia e incertidumbre, aunado a estar ligeramente aislada y atestiguar cada caso extremo que llegaba a emergencias, contribuyó a que entrara en shock. Empecé a temblar involuntariamente debido al miedo: no podía controlarlo. Jamás había vivido algo así; me sentía rarísima, fuera de lugar. Por supuesto que pensé en la muerte —es imposible no hacerlo— y, con ello, empecé a cuestionarme mi vida entera y mis decisiones: el hecho de vivir en un país extranjero sin mi familia extendida, solo mi familia nuclear.
Lo que a los médicos les preocupaba era la rigidez en mi cuello y la migraña extrema que continuaba a más de una semana: síntomas de algo de mayor gravedad. Cuando la doctora de Emergencias me habló del resultado positivo de herpes zóster, me tranquilicé un poco: al menos ya era una respuesta. Pero, para estar seguros de que solo se trataba de ese virus y que no tenía una complicación derivada, necesitaban hacerme una punción lumbar (un procedimiento médico en el que se introduce una aguja delgada en la parte baja de la espalda, específicamente en el espacio entre las vértebras lumbares, para acceder así al líquido cefalorraquídeo que rodea el cerebro y la médula espinal). Imagínate que los médicos te expliquen todo eso, ¡estaba petrificada de miedo! Lo interesante fue que calcularon un dos por ciento de probabilidad de que tuviera alguna afección de gravedad. Si me hacía la punción y salía negativa, podía irme a casa.
El enorme miedo que me invadía competía con las intensas ganas de salir del hospital para continuar con mi vida. Situaciones como estas son las que te piden un alto total: absolutamente nada importa, solo tú y ese preciso momento. Salir sana y salva era la meta. Cuando me prepararon para la punción lumbar, los médicos realizaron los ajustes previos al procedimiento y me explicaron que también era una intervención con un riesgo de pinchar algún nervio; por lo tanto, tenía que firmar un consentimiento informado. Ahí aumentó el miedo y el nerviosismo, pues los doctores me informaron que, aunque es extremadamente raro, en el peor de los casos, al pinchar un nervio pueden provocar un daño permanente.
La punción lumbar me la realizarían mediante el tacto del médico y, aunque eran muy buenos en su trabajo, siempre existe esa diminuta posibilidad; por eso la preparación para el procedimiento es esencial. El miedo que sentí fue natural; me era imposible no pensar en qué pasaría si me pinchaban un nervio: dolor crónico, debilidad muscular, posibilidad de quedar paralítica… Realmente estaba viviendo una película de terror. Y por supuesto que entraba y salía constantemente del shock (en cuyas fluctuaciones actuaba como mi propia coach). Firmé el consentimiento informado. Todo fue bien durante los preparativos previos: me anestesiaron la zona lumbar en donde entraría la aguja y esperamos unos minutos para que hiciera efecto la anestesia. Mientras tanto, rezaba y respiraba profundamente a la vez.
Quiero agregar que haberme convertido en breathwork healer (profesional que utiliza técnicas de respiración para liberar emociones densas, generar salud y soltar el estrés y el trauma acumulados en el cuerpo) con el maestro David Elliot ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, pues saber respirar y ser consciente de mi respiración, aunado a las distintas técnicas que practico, me ha salvado de muchos ataques de pánico en situaciones críticas. Antes de convertirme en breathwork healer, me encontraba, con frecuencia, respirando a medias, con inhalaciones y exhalaciones muy cortas con las que ahogaba mi cuerpo constantemente, todo el tiempo en estado de alerta. Ahora que lo escribo siento gratitud, a la vez que compasión, por haberme sacado de ahí, por haber dado un paso más para no permanecer en aquellos estados de supervivencia extrema.
Algo muy característico de mí es que soy confrontativa ante los problemas: «tomo al toro por los cuernos» cuando es necesario resolver lo que haya que resolver, superar, sanar o trascender. Y esto no quiere decir que no vuelva a sentir ansiedad o estrés (todo esto es parte de las emociones y reacciones de la experiencia humana); la maestría aquí es que, cuando la vida me presenta esos retos de nuevo, sé cómo sacarme de ahí. Ese es un trabajo que nadie va a venir a hacer por mí: solo yo puedo rescatarme, salvarme, protegerme y honrarme por hacerlo las veces que sean necesarias.
Volviendo a la punción lumbar, mientras respiraba y rezaba, dio inicio el procedimiento. Era de extrema importancia que permaneciera sentada, con la cabeza casi entre las rodillas, a fin de expandir las vértebras de la zona para que entrara la aguja. Modifiqué mi respiración: ahora era más lenta y profunda. La primera vez que la aguja penetró en mi columna experimenté una sensación muy extraña: dolía, pero no al extremo; era un dolor agudo, pero sordo y profundo, tolerable, aunque muy extraño. Continuamente pinchaban solo el hueso (yo estaba tan despierta que preguntaba: «¿Qué es eso que tocas?», y la doctora me explicaba que era «solo el hueso»), así lo experimenté unas cinco veces durante el procedimiento, y nada: no podían encontrar el líquido. Tras varios pinchazos, la doctora decidió retirar la aguja.
Había un segundo médico —de rango más alto que ella— que supervisaba y me preguntó si podía intentarlo; le dije que sí. Entonces prepararon de nuevo una zona ligeramente superior a la previa, con el mismo procedimiento: anestesia y conservar la posición. Después de varios pinchazos y nuevas técnicas de respiración para crisis inventadas por mí en ese momento, ¿cuál fue el resultado? Nada, no podían dar con la zona exacta donde se encontraba el líquido cefalorraquídeo.
Me puse muy triste cuando me dijeron que tenía que quedarme un día extra —exactamente el 24 de diciembre—, pues existía la posibilidad de intentarlo una vez más, ahora con un ultrasonido para ver la zona exacta donde se localizaba el fluido. Claro, tendría que ser al día siguiente, pues en ese momento el aparato estaba agendado para procedimientos con otros pacientes y tampoco había médicos especialistas disponibles, y no podían dejarme ir hasta que analizaran el dichoso líquido.
La migraña, para este punto, ya había desaparecido; me sentía bien, pero con mucho miedo y nervios. Cuando finalmente me dieron la noticia de que me tenía que quedar un día más, solté a llorar: estaba muy desesperada, sin control absoluto de la situación, y sola, en un cuarto de emergencias donde nadie podía estar conmigo. No soy una persona de multitudes, soy algo solitaria (paso mucho tiempo trabajando sola, creando, leyendo, meditando y haciendo ejercicio). Pero estar sola en un hospital es otra cosa: te sientes muy desamparada. Me sentía en total shock por lo que estaba viviendo y por el ambiente. En medio de todo esto, trataba de mantenerme meditativa.
Llegó el 24 de diciembre, el día de Nochebuena, y yo continuaba con la esperanza de que me hicieran la punción lumbar, que saliera negativo el resultado de la complicación —que tenía un dos por ciento de probabilidad de presentar— y que me mandaran a casa. Aunque me sentía mucho mejor, más bien lo que me afectaba era el aspecto emocional: no podía ni imaginar quedarme ahí ese día; tenía que estar en mi casa sí o sí. Me mantenía pegada al teléfono mientras hablaba con mi mamá, que vive en México y desde allá me brindaba apoyo emocional.
Cuando hubo cambio de turno en el hospital, una doctora nueva llegó a presentarse y a darme los buenos días. Era una residente joven, con una vibra muy linda; de inmediato me cayó muy bien: me pareció muy tierna, pero a la vez enérgica y astuta. Lamentablemente, me dio la noticia de que el ultrasonido para hacer la punción lumbar no estaría disponible ese día, si bien haría todo lo posible para que se desocupara en la tarde, pero no me aseguraba nada. Me dijo: «Si quieres lo intento. Nunca he fallado una punción lumbar, pero puede que no lo logre porque los otros que lo intentaron son muy buenos. Es probable que tus vértebras estén muy juntas, pero tú decides». Y agregó: «Siento que puedo lograrlo».
Yo la observé y pensé: «Ya es la tercera punción lumbar que me harían. ¡Qué locura que la hagan al azar, sin ver la zona exacta donde está el líquido, con todas las posibles complicaciones!». Sentía que con aquella decisión me estaba aventando al ruedo sin armadura: todo al azar, nada seguro y ya por tercera vez. Tenía los nervios de punta, por lo que me cuestioné mucho la decisión y lo que estaba en juego: mi columna adolorida y volver a hacer la punción a ciegas. Pensé en irme por lo seguro y esperar a que se desocupara la máquina; al mismo tiempo, si decidía esta opción, perdería la única posibilidad que me quedaba de pasar Nochebuena con mi familia, especialmente con mi hija Victoria. Perdería el placer de verla disfrutar de sus regalos, pues ella vive la festividad con mucha emoción: aún cree que Santa Claus se los trae.
Además, siento que algo pasa con las personas durante la época navideña: el ambiente es más meditativo y existe una vibra de amor y paz durante esta época, ¿no te parece? Todo eso, más el deseo de ya estar en mi casa, me tentaba; a la vez, nada más de pensar en la aguja en mi columna me daban escalofríos. Cuando la doctora se fue a checar a otros pacientes, me quedé sopesando las opciones. Aunado al miedo y los nervios, tenía una corazonada: esa doctora me encantó y percibí algo bueno en ella. Cuando regresó a que le diera una respuesta, yo ya había hablado previamente con mi esposo: él me convenció (o bueno, me dejé convencer) para hacer de nuevo la punción. Le dije a la doctora que, por favor, procediera. Inmediatamente dio la orden para preparar todo y, en el transcurso de unas horas, organizaron e iniciaron de nuevo la punción lumbar.
En esta ocasión, a diferencia de las anteriores, la posición fue fetal. Esperamos a que la anestesia hiciera efecto; luego pasó alrededor de un minuto, o tal vez menos, ella insertó la aguja y, automáticamente, el líquido cefalorraquídeo empezó a fluir. Cabe recalcar que, para esta tercera punción, tenía a tres médicos como testigos del procedimiento (uno de ellos era un doctor muy distinguido que parecía ser el mentor de los otros dos; entre ellos estaba la doctora que insertó la aguja y le atinó perfectamente a la zona). La euforia de todos los presentes fue notoria cuando la doctora dijo que ya estaba saliendo el fluido. Durante ese proceso, no dejé de rezar y de agradecerle a Dios que ya por fin teníamos aquello que tanto necesitaban para analizar. Como la punción lumbar fue una montaña rusa entre subidas y bajadas de emoción, inmediatamente pensé: «Ya lo van a analizar, va a salir negativo, me van a dejar ir a casa con mi familia, ¡qué emoción! ¡Sí voy a pasar Navidad en casa!». No podía de felicidad.
Cuando terminaron el procedimiento, la doctora me explicó que regresaría en cuanto tuviera una respuesta. Mientras tanto, le di la noticia a mi mamá y a mi esposo, quien empezó a organizar todo para la cena y para después ir por mí. La doctora también me explicó que, en caso de que el examen saliera negativo, me enviarían a casa con medicación intravenosa (cuya colocación realizaría una enfermera especialista, pues había que introducir un catéter intravenoso a fin de que siguiera recibiendo el antibiótico, el cual mi cuerpo estaba recibiendo muy bien). Transcurrieron un par de horas y la doctora regresó; aún no tenía la respuesta final, pero algunas pruebas daban valores anormales, por lo que ese dos por ciento de probabilidad estaba resultando acertado.
Volvimos a la montaña rusa; en esta ocasión, nos tocó bajar, y mucho. Imagínate tener un virus en la zona más oculta y delicada del cuerpo: el interior de la columna vertebral y la parte que recubre el cerebro. Me sentía extremadamente asustada y entré en shock: todo pasaba en cámara lenta y no lo quería creer. «¿Cuáles son las probabilidades de estar viviendo esto, Dios?», pensé. Siempre digo que cuesta lo mismo asumir lo mejor que asumir lo peor, solo que se nos enseña desde niños a ser pesimistas, a esperar el drama, a que algo malo suceda, y yo llevo mucho tiempo trabajando en esperar de la vida lo extraordinario. Y esto, de alguna manera, también lo era.
Lloré, pataleé, entré en shock de nuevo y empecé a investigar más sobre las posibles complicaciones en Google y, claro, eso me generó más ansiedad. No te imaginas el estrés: sentía que se me iba el aire; sin embargo, tuve que poner en práctica todo lo aprendido en mi profesión como life coach y breathwork healer. Venía a mi mente la frase: «Los capitanes se hacen en la tormenta». Cuando me entregaron el resultado, como ya era de esperarse, fue positivo: meningitis. Me trasladaron a un piso más alto, donde internan a las personas con enfermedades contagiosas, y me asusté porque había tres puertas para entrar a ese cuarto aislado. El ambiente se sentía gélido y gris, y el cuarto tenía una ventana con vista a edificios y condominios. Aunque tenía mucho miedo, no me sentía mal; ya se me había quitado el dolor de cabeza y hasta energía tenía.
Tuve que resignarme a pasar la Navidad en el hospital, lo que también me puso triste, hasta que me dije: «Bueno, tendré que festejarla otro día». A pesar de la pesadez en mi corazón por la experiencia, me sentí agradecida: tuve la suerte de tener enfermeras extraordinarias que hicieron mi estancia mucho más llevadera; fueron muy tiernas, complacientes y cariñosas, sintieron empatía por mí y por mi situación, y me trataron con mucho amor. Le agradecí enormemente a Dios por ello: sentí que su mano estaba puesta ahí, que me estaba cuidando.
Al día siguiente, 25 de diciembre, aunque estaba estable, el encierro me empezó a generar mucha ansiedad. Además, sentía cómo mi guerra interior iba en aumento: por una parte, me sentía mucho mejor, ya sin dolor de cabeza; por otro lado, estaba muy triste y no tenía certeza de cuándo me darían de alta. Estaba completamente aislada: el personal médico usaba trajes especiales para entrar a verme, no podía tener visitas ni poner un pie fuera de ahí. Cuando dormía, me despertaba asustada, con taquicardia constante; en un par de ocasiones me desperté con la sensación de que estaba soñando, como si tuviera una pesadilla, hasta que entraba en razón y captaba que era la realidad.
Tuve que utilizar todo lo aprendido en el progressive retreat del doctor Joe Dispenza. Empecé a meditar ahí mismo; tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. A la par de que mi sistema nervioso estaba peleando contra ese virus que se había transformado en una complicación, empezó otra guerra interna, esta vez entre lo que había aprendido como especialista en salud y el enfoque holístico que actualmente manejo con mis pacientes. En medio de ese caos acepté lo que estaba viviendo, pero me prometí que iba a salir de ahí sin complicaciones (una de las cosas más preocupantes acerca de la meningitis son las complicaciones neurológicas: puede existir daño cerebral y algunos tipos de parálisis, entre otras). Durante esos momentos de ansiedad extrema iba al baño a observarme y a exclamar con fuerza que saldría de ahí, perfectamente bien; me di esa orden.
También me di amor y compañía al cuidarme y abrazarme: utilicé herramientas como tapping y tacto tranquilizador en los momentos intensos. Pero lo más importante fue que me enfrenté con valentía a lo que me estaba pasando. Me vi obligada a soltar el control en una situación que, de alguna manera, no estaba ya en mis manos, sino en las de los médicos que me atendían. Lo que sí estaba en mi control era cómo reaccionaba ante ella y cómo decidía observar la experiencia. Tenía miedo, pero sentía la certeza interior de que saldría de ahí. De alguna manera, experimentaba paz, esa que sobrepasa todo entendimiento. Fue entonces cuando percibí la mano de Dios. Así, en medio de todas estas emociones opuestas, me fui recuperando cada día más.
Fueron a verme varios doctores distintos, quienes siempre preguntaban lo mismo: «¿Cómo estás?». Yo respondía que «muy bien». Y es que realmente me sentía así: sin dolor en el cuerpo; lo que tenía era miedo y me desalentaba mucho pasar Nochebuena y Navidad ahí, sin fecha de salida. En esos días recibí una llamada por parte de la Ciudad de Chicago en la que me preguntaron cómo me había sucedido esto: querían encontrar el motivo y estar seguros de que no contagiara a nadie. Los médicos no me daban una causa específica de cómo se había complicado el virus: de un herpes insignificante con unas ampollitas diminutas a meningitis en la columna vertebral y el cerebro. Finalmente, la jefa de Epidemiología llegó a verme y, para el viernes 27 de diciembre, me dio de alta.
Me pasó algo interesante con ella: me observaba mucho y me analizaba; sentí que era porque no creía que me sintiera bien. Me realizó varias pruebas de auscultación corporal y se dio cuenta de que no le mentía; hasta le hice una pequeña broma, nos caímos bien y dio la orden para que saliera al día siguiente, con especificaciones para la inserción del catéter intravenoso que suministraría el antibiótico tres veces al día, pues me recetaron el medicamento para cuatro semanas continuas en total. ¡Y otra vez hacia abajo en la montaña rusa! Fue otro dilema tratar de ponerme el dichoso catéter. ¿Cuántas veces crees que lo intentaron? De nuevo: tres, quedó hasta el tercer intento (ahora que lo pienso, ¿querrá decir algo ese número? Puede ser, es posible). En esta ocasión, la enfermera especialista fue otro ángel enviado, pues tuvo tanta empatía conmigo al grado de que, aunque tenía una lista de pacientes en espera, no se dio por vencida. De eso dependía que me dieran de alta, y le quedé muy agradecida.
Me sentía fuerte, pero frágil al ver que la vida es solo un suspiro, que de un momento a otro estamos aquí y al siguiente ya no. Claro que resultó imposible no pensar en la muerte durante todos esos días. Analicé cómo vivimos los seres humanos: sin pensar que vamos a morir y sin valorar la vida. Yo sé que no es agradable pensar en la muerte, pero es un hecho para todos: es la ley de la vida. También pensé que la vida es como esa experiencia en el hospital: caminamos con los ojos cerrados, muchas veces con miedo, cuando ya hemos sido golpeados. Toda esa experiencia se parecía a un largo trayecto de mi vida: golpe tras golpe, superé adversidades, trascendí situaciones y lecciones, salí adelante, sané y busqué algo más con la finalidad de vivir lo mejor posible.
Siento que toda esa experiencia realmente tuvo un gran impacto en mi vida: me dejó desnuda, sin armas; me puso en una de esas situaciones en las que no importa quién eres, cuánto tienes o cuál es tu posición social: no importa absolutamente nada material, nada externo. En este tipo de experiencias que la vida nos presenta a todos, sin excepción alguna, es cuando te cuestionas absolutamente todo: tu matrimonio, tus elecciones, la gente que te rodea, tus metas, tus sueños y, por supuesto, tus hábitos.
En ese momento solo me quedaba aferrarme a la fe que sentía, la misma que soltaba cuando venía un ataque de ansiedad. En este tipo de vivencias es cuando te cuestionas tu propia fe: yo cuestioné a Dios por lo que estaba viviendo y, entre emociones contradictorias, experimenté fe ante lo que no se puede ver pero se puede sentir. A pesar del miedo que me embargaba, y de que la muerte era una posibilidad, también sentía la presencia de Dios protegiéndome. Y esto no es discordante; al contrario, es profundamente humano.
A pesar de todas las emociones que te cuento, sabía, de alguna manera, que iba a superarlo. Empecé a citar una frase que siempre le digo a Dios en mi oración: «Gracias por amarme tanto, por quererme tanto y por darme tanto». Sé que suena loco, pero empecé a agradecer la experiencia, porque sabía que me dejaría un aprendizaje. No lograba ver con claridad cuál era, pero mi intuición me decía que había algo más. En ese momento solamente me tocaba hacerme cargo de todas las emociones contradictorias que sentía. Así fue como implementé técnicas de respiración y me hablaba ante el espejo con fuerza: me daba una dirección clara de cuál era el paso para seguir, y me abrazaba, tocaba mi corazón y me decía que todo estaría bien. También recuerdo que vino a mí una pregunta que siempre me había hecho; aquel era el momento perfecto para formularla: «¿Qué pasaría si, aun en el peor momento de tu vida, en medio del caos y del terror, te carcajeas, le dices a la vida que no te va a tumbar, te enfrentas con coraje al miedo, al dolor y a la frustración? ¿Qué pasaría si retas a la vida y le dices que, sin importar qué, tú saldrás adelante?».
En el hospital parecía que estaba en un manicomio: había cámaras y no sabía si me estaban grabando o algo por el estilo, pues, como era un cuarto aislado, las enfermeras casi no entraban. Al cabo de un tiempo, percibí que las cámaras eran para estar seguros de que yo estaba, dentro de lo que cabe, bien. A mí no me importaron los aparatos; me dejé fluir. ¡Qué más daba si estaba viviendo lo peor de mi vida en cuanto a salud hablamos! Había momentos en los que me agarraba un ataque de llanto y ansiedad, y había otros en donde me moría de risa. Así salí adelante de esa situación: petrificándome de miedo, muriéndome de risa, abrazándome, hablándome en el espejo del baño, declarando y dándome la orden de que saldría adelante de ese terror; meditando, despegándome del caos, reclamando mi poder y mi salud a la vida, al universo, a Dios, a Ramtha y a todos los santos que conozco. En otras palabras: viendo el caos desde lejos, como una observadora.
Después del segundo día decidí sentirme bien. Los doctores entraban y cuando me preguntaban: «¿Cómo estás?», yo respondía: «Estoy muy bien», con una sonrisa en los labios. Sé que suena a locura, pero salí adelante entre la locura y la cordura. Y, si vamos más profundo, ¿no es así la vida? Nadie está cien por ciento cuerdo. La locura y la cordura son dos polaridades: para vivir en una tenemos que conocer la otra.
Estrés, sistema nervioso y cáncer emocional
A lo largo de todo lo que me ha tocado vivir, tanto en lo personal como en lo profesional, he notado que las adversidades se ven como una ola muy grande ante la que piensas que no vas a poder navegar; pero no es así: una vez que te rindes y decides atravesarla, te das cuenta de que no era tan grande. Es como si sucediera algo al momento de tomar la decisión de no pelear y hacer el trabajo personal del que la mayoría huye, como si la vida te premiara por tu valentía. Entonces, la gran enseñanza es aprender a danzar entre esas polaridades.
Fue en aquel contraste de oscuridad y locura donde creció mi fortaleza, donde puse a prueba mi propia valía, donde me rendí ante la situación, donde me cuestioné qué era lo que seguía y donde decidí querer más de la vida, amarla y luchar por ser mejor. Déjame decirte algo: puedes tener meningitis y elegir sentirte muy bien. Seguramente mi sistema nervioso estaba muy confundido entre el virus y mis enormes ganas de salir de ahí, de estar bien y de vivir al máximo. Creo que esa fue mi primera probadita consciente de lo que mi maestro, el doctor Joe Dispenza, habla constantemente: «Sé más grande que tu ambiente». Jamás lo había entendido hasta aquel momento.
Como ya he mencionado, la vida no es lineal ni siempre es color de rosa; existen tonalidades oscuras que hay que navegar, y siento que a eso venimos: a superar cada adversidad de la mejor manera posible y a transformar la oscuridad en luz. ¿Quién me iba a decir que dicha experiencia me iba a motivar a escribir? Y lo más gratificante es que he amado el proceso y lo terapéutico que es. ¿Qué hubiera pasado si hubiera huido? Si hubiera decidido no afrontar la situación como lo hice, me habría sumergido en el caos y el drama constantes y permanentes durante esa semana en el hospital y no habría sido valiente. No puedo decirte qué hubiera pasado, pues simplemente no es una opción en mi vida. Hay algo más grande que yo, que a veces llega y me saca de las greñas cuando no puedo más y me levanta. Y de repente, al día siguiente, sale el sol. Pero sí me cuestiono el peor escenario: ¿cómo hubiera sido? Quizás similar a la depresión posparto que viví cuando tuve a mi hija: emocionalmente estaba en un limbo y no sabía cómo salir de ahí; es el momento de mi vida con el que más puedo relacionarlo.
Sabía que tenía que hacer un cambio de alguna manera: yo era responsable de que ese virus hubiera entrado en mi cuerpo. Puedes pensar: ¿cómo es posible controlar un virus? ¡Pues sí, se puede! Había vivido un par de semanas con pensamientos muy densos y con mucho más estrés del habitual: me había sentido triste, enojada y frustrada; encima, había experimentado una situación familiar desagradable. El detalle fue que me dejé llevar por ello: me permití tener y mantener los pensamientos que, de antemano, sé que deprimen mi sistema nervioso. Llevo tanto tiempo estudiando la correlación entre los pensamientos, las emociones y su impacto en el cuerpo que no tengo dudas de que los pensamientos pesados y las emociones de baja vibración generan enfermedad.
Entonces, al ser consciente de ello, era mi responsabilidad mantenerme fuera de aquel ritmo hipnótico de pensamiento. No se trataba de no rumiar cosas tristes o densas (es imposible tratar de controlar tales cavilaciones); el punto aquí fue que las sostuve demasiado tiempo, pues, pese a ser consciente de ellas, no supe sentirlas y dejarlas pasar, a pesar de que conozco su impacto en el cuerpo. Muchos de mis clientes de coaching con cáncer emocional —he atendido a tantos pacientes con enfermedades crónicas cuya fuente es este— presentan el siguiente patrón de conducta: han mantenido y entretenido pensamientos durante mucho tiempo. Cada vez que vuelves a los mismos pensamientos, generas las emociones que te llevan a secretar químicos y a activar ciertos genes en tu cuerpo; entonces experimentas una y otra vez el trauma emocional con la misma serie de emociones, aunque hayan pasado años desde la experiencia original en la que muchas personas se encuentran atrapadas. En realidad, parece muy difícil, pero no lo es: con un mínimo de conocimiento y entendimiento sobre este tema, es posible salir de los ritmos hipnóticos producidos por las situaciones que nos lastiman profundamente.
Me gusta compartir el concepto de «cáncer emocional» porque representa la etiología del problema. Yo lo utilizo para explicar cómo ciertas emociones no procesadas, reprimidas o mantenidas durante mucho tiempo pueden afectar tu vida de manera silenciosa, progresiva y destructiva, muy parecido al comportamiento del cáncer en el cuerpo físico. Así como las células dañadas pueden multiplicarse sin control, las emociones densas como el rencor, la tristeza, el miedo o la culpa pueden crecer en la mente y el corazón, y contaminar los pensamientos, las relaciones y las conductas. No es una enfermedad física en sí misma, sino un estado interno de desgaste emocional en el que el individuo se mantiene constantemente atrapado en un ciclo de dolor que drena su energía vital y limita su capacidad de vivir en plenitud. La sanación comienza cuando esas emociones ocultas se atienden, se reconocen, se comprenden y se liberan, lo cual te permite recuperar tu equilibrio, paz y vitalidad.
Pero ¿cómo atender las emociones que generan cáncer emocional? Para que entre algo nuevo en ti, es necesario primero filtrar, desintoxicar y hacer espacio para lo que sí deseas. Hay un sinfín de técnicas de liberación emocional, como el breathwork, la meditación, el EFT o tapping, el trabajo de arte expresivo, la escritura terapéutica, etc. Todas estas técnicas y herramientas ayudan a filtrar las emociones, a sentirlas y a procesarlas. ¡Es tan liberador! Cada persona resuena con su propia elección. Para generar emociones de la más alta vibración es importante sacar y filtrar la basura emocional, para así darles espacio. Si no la limpiamos o aprendemos a detectarla, la situación se presenta una y otra vez: se convierte en un círculo vicioso con personajes, caras o personalidades distintos. Te cuento un caso muy personal: a lo largo de mi vida siempre había tenido el mismo tipo de amigas; tuve alrededor de seis con la misma personalidad y no me di cuenta. ¿A cuál me refiero? La típica amiga que siempre necesita ser salvada: a la que le pasa de todo y tiene cierta adicción al drama, que protagoniza una y otra vez los mismos escenarios en su vida. En pocas palabras, un vampiro emocional.
Me encontraba siempre inmiscuida en las mismas conversaciones tóxicas sobre temas que ya habíamos hablado y a los que ya habíamos encontrado solución un día antes; pero, al día siguiente, simplemente era el mismo dilema, como si no hubiéramos conversado y analizado durante horas las respuestas. Yo estaba ahí para ayudarlas e iba a su rescate, con lo que les demostraba que era su hermana del alma. Hasta que un día desperté y me di cuenta de que siempre elegía ese tipo de amigas y que, aunque las quería mucho, también requerían mucho de mí; en la mayoría de los casos, me perdí a mí misma en ellas. Un día puse un alto, detecté mi problema y su origen. ¿Y cuál era? Pues que me sentía sola, por lo que buscaba siempre a quién rescatar para ocuparme y así llenar el vacío que había sentido desde que me había mudado a Chicago, sin familia y con muy pocos amigos.
A partir de ahí empecé a pasar más tiempo conmigo misma, a ser mi mejor compañía y a disfrutarme genuinamente. Dejé de asistir a convites cuyo foco eran las conversaciones densas y me prioricé. Hoy creo firmemente que la amistad consiste en dar y en invertir amor, atención y consciencia, pero también en establecer límites de respeto, y que está bien ponerse una misma como prioridad y serse fiel. Aprender a detectar el origen de los problemas es clave para que no se conviertan en un deporte.
¿Has pensado en cómo puede un ser humano vivir tan dormido y no darse cuenta de que está en la misma situación del pasado, solo que con distintos personajes? ¿Y qué implica tal repetición? Significa que no has aprendido la lección, que no la has trascendido: hay trabajo personal, emocional y espiritual que hacer. La conclusión a la que he llegado es que el cuerpo físico y el cuerpo emocional no están separados; por tanto, lo que no resuelves en el pensamiento y el corazón tarde o temprano se refleja en la biología. Muchas veces creemos que la enfermedad aparece de la nada, como producto del azar o de un simple contagio. Sin embargo, también nace de aquello que hemos alimentado con emociones densas, pensamientos repetitivos y heridas no sanadas. En suma, el cáncer emocional es una acumulación silenciosa de enojo, resentimiento o tristeza que, si no se libera, erosiona la vitalidad. Y sí, yo sé que a veces tienes motivos de sobra para estar enojada, dolida o decepcionada. Pero permanecer atascada ahí es permitir que el dolor se instale como el dueño de tu vida: es ceder tu poder a la situación y convertirte en su títere.
Por supuesto, sanar no significa negar lo vivido, sino trascenderlo: tomar la lección que dejó la herida, agradecer lo que te enseñó y soltar lo que ya no sirve. Es una invitación a elegir conscientemente otra forma de habitar el cuerpo y la mente, un camino en el que la enfermedad deja de ser una condena y se convierte en un recordatorio para despertar, transformarse y vivir con mayor plenitud. El primer paso es, precisamente, parar. Poner un freno y analizarte: evaluar tus emociones, lo que te incomoda y lo que no te gusta, pues ahí radica mucha información sobre el trabajo que debes realizar. Sanarte a ti misma es un compromiso disponible en cualquier momento, solo es cuestión de que decidas subirte al tren de la sanación personal. Y te lo presento como un trabajo, pues es algo que nadie puede venir a hacer por ti: solo tú.
Creo firmemente que somos seres espirituales que viven una experiencia física: venimos a superar obstáculos, tenemos una lista de retos pendientes que sobrepasar. Cuando se quiere eludir alguno, la vida se encarga sabiamente de ponértelo enfrente de nuevo, pues no puedes esquivarlo. Este es el trabajo que no se ve exteriormente; solo tú conoces tus retos trascendidos, en los cuales tu reacción emocional —buena, densa o nula— es la que te dicta la calificación aprobatoria o lo opuesto. Si esto sucede, depende única y exclusivamente de ti.


